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Universidad Nacional Autónoma de México 450 años de Universidad en México o de la educación como porvenir

    En su discurso en la inauguración de la Universidad Nacional el 22 de septiembre de 1910, Justo Sierra señalaría el ser y el deber ser de la educación superior en México. Concretaba, así, una aspiración personal pero, al mismo tiempo, también señalaba un camino que se había prefigurado varias décadas atrás: la de construir a la nación. La educación ha sido concebida en nuestro país como una aspiración al porvenir, al ser, sustancia intangible que había que buscar y definir. Es una idea de construcción, que se remonta al origen mismo del país, y en caso concreto de su antecedente, obligado y traumático, es decir, la Nueva España. La historia de la educación universitaria tiene sus raíces y sus antepasados1 por su dinámica propia, pero sería muy difícil establecer genealogías directas con alguna institución actual, pues no se trata de exaltar un pasado entendido como signo de identidad, ya que la función de la institución universitaria se caracteriza por mirar hacia el futuro, a lo más que podríamos llegar es a recoger el espíritu que ha impulsado esta actividad. En este sentido, por su carácter nacional y la trascendencia de su actividad, nuestra Universidad Nacional Autónoma de México ha sido vista como la representativa de esa tradición y espíritu, el de los precursores del antepasado colonial y el del pasado nacional. En ella se conjugan la tradición y la modernidad, el pasado y el futuro.

Los antepasados

La primera institución universitaria en México se remonta a su pasado colonial. La Real y Pontificia Universidad fue fundada en 1551, por medio de un Decreto real firmado esa fecha, pero entrando en funciones en 1553. Tomando como modelo a la Universidad de Salamanca, su par novohispana fue pensada para cubrir las necesidades de la pujante colonia en cuanto a la formación de funcionarios civiles y religiosos. Si bien en Europa las instituciones de su tipo tenían un prestigio y una tradición de libertad e independencia intelectual que le daba su vida gremial, en este caso la institución nació supeditada al poder civil y clerical, es decir, vivió sin autonomía, navegando en una enseñanza retórica y silogística.

A partir del siglo XVIII, la Real y Pontificia tuvo que competir con otras instituciones de educación, como los Seminarios y las Academias, sin embargo, esta situación no la estimuló para renovarse ni en sus métodos de enseñanza, ni en su concepción de institución formadora del intelecto. Cuando la Nueva España vivió su ilustración, ésta no pasó por las aulas de la universidad. Se iniciaba una constante en su vida como institución: una desvinculación no sólo con el entorno social de su época sino de las corrientes intelectuales más vigorosas por su aire renovador.

Los albores del nacimiento de la nación mexicana la encontraron abandonada en el más amplio sentido de la palabra, era "un caso de vida vegetativa y después en un ejemplar del reino mineral: era la losa de una tumba"2. Su espíritu era la inmovilidad por no saber renovarse. Muerta hasta la petrificación, el virrey Venegas requisará su edificio para habilitarlo como cuartel y en 1811 se suspenderán sus cursos. El torrente revolucionario de la guerra de independencia acentuará la inutilidad de la Real y Pontificia como institución educativa, como recreará un siglo después Justo Sierra: cuando se abrieron las puertas del vetusto edificio casi no había nada en él. Grandes cosas, venerables unas, apolilladas otras, quedaban los "registros añejos en que constaba que la Real y Pontificia Universidad no había tenido ni una sola idea propia, ni realizado un solo acto trascendental a la vida del intelecto mexicano..."3

El nuevo orden: educación y modernidad

La desaparición de la Real y Pontificia fue un proceso de inanición, paulatino, sin que nadie se diera cuenta que hacía falta. Nacida del antiguo orden, murió con él. El tránsito de la Colonia a la consolidación del Estado nacional mexicano sería lento y contradictorio; el periodo es importante porque ahí se definirían muchos rasgos del perfil del país. En ese ideal, la educación ha estado siempre en un lugar importante en el proyecto nacional pues gracias a ella, se tendría un medio eficaz de unificar formando un espíritu nacional. En ese contexto, la vieja universidad colonial no entraba en las expectativas de la construcción del futuro.

La educación sería una de las principales políticas que el nuevo Estado utilizaría para formarse a sí mismo, pues a través de ella se crearía un "nuevo espíritu" que definiría lo que sería "lo mexicano" en contraposición a lo que representaba el pasado inmediato, el espíritu de la Colonia.

La lucha entre liberales y conservadores en las primeras décadas de vida independiente del país mostraría un espectáculo curioso por sus representaciones. La Real y Pontificia, por ejemplo, se convertiría en objeto simbólico de la lucha por el poder, pues para los conservadores representaba la tradición, mientras que para los liberales era el símbolo del inmovilismo. Utilizada como ejemplo más que como institución viva y actuante, la Real y Pontificia Universidad sobreviviría las primeras décadas del México independiente al embate liberal.

En 1833, cuando los liberales intentan la primera gran reforma del Estado mexicano, la cuestión de la educación universitaria pasa por la desaparición de la que consideran una institución "inútil, irreformable y perniciosa", y la construcción de instituciones de formación profesional4, caracterizadas por proporcionar una educación racional y utilitaria, además de laica. Los liberales pensaban que una educación sustentada en esos valores bastaría para construir un país moderno y próspero. Si la Real y Pontificia representaba el espíritu de la iglesia, el laicismo era su antípoda, el espíritu de la ciencia y, por tanto, del progreso.

NOTAS

1 Justo Sierra a definido con mucha claridad esta cuestión cuando lo estableció de la siguiente manera: "¿Tenemos una historia? No. La Universidad mexicana que nace hoy no tiene árbol genealógico; tiene raíces sí; las tiene en una imperiosa tendencia a organizarse, que revela en todas sus manifestaciones la mentalidad nacional... Si no tiene antecesores, si no tiene abuelos, nuestra Universidad tiene precursores: el gremio y el claustro de la Real y Pontificia Universidad de México no es para nosotros el antepasado, es el pasado". Véase Justo Sierra, " Inaguración de la Universidad Nacional", en Ideas en torno de Latinoamerica, l, p. 89.
2 Ibid. p. 94.
3 Ibid.
4 El 19 de octubre de 1833, el pesidente Valentín Gómez Farías, mediante decreto, cerraría las puertas de la institución, al mismo tiempo que establecía una Dirección General de Instrucción Pública, que entre sus funciones estaba crear seis instituciones dedicadas a la enseñanza media y superior: Preparatoria, Humanidades, Física y Matemáticas, Medicina, Jurisprudencia y Ciencias Eclesiásticas.

 

 

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