RESEÑAS

MALATESTA ERICCO. La anarquía y el método del anarquismo. Premiá Editora. México, 1978, 86 pp.

  Desde hace algunos años, pocos por cierto, ha comenzado a difundirse en los medios universitarios el pensamiento anarquista. El texto que abordamos en ésta ocasión está incluido en la colección la nave de los locos de la editorial Premiá, que presenta también obras de Bakunin y Proudhon, destacados teóricos del movimiento anarquista del siglo pasado.

El interés por la obra intelectual de los partidarios del "desgobierno", no es casual. Por un lado es indudable que se ha convertido en una moda en boga entre estudiantes y estudiosos de las ciencias sociales, de ahí que las editoriales puedan arriesgarse a hacer estas publicaciones que en otros tiempos hubieran resultado un fracaso económico absoluto. Por otro lado (y aquí está lo interesante del asunto), el ambiente intelectual universitario se ha liberalizado lo suficiente para permitir la discusión de corrientes de pensamiento que como el anarquismo habían estado proscritas por los censores, tanto conservadores (para los que el anarquismo es un caso de pensamiento y conducta desviados) como izquierdistas (que consideraban a los ácratas superados en el pensamiento por la polémica de Marx con Proudhon).

A este ambiente de liberalización en las universidades ha contribuido indudablemente el hecho de que las organizaciones izquierdistas pasaran de una situación de semi-clandestinidad, a otra en la que les es posible presentarse en las elecciones y en los órganos parlamentarios. El pensamiento político, entonces, puede decir su nombre en alta voz y confrontarse, abiertamente, en la teoría y la práctica. El dogmatismo y la ortodoxia dejan de ser así las únicas posibilidades intelectuales (nos parece que una de las características del dogmatismo es su sentimiento paranoide que se prolonga aún después de que las condiciones de represión han sido suspendidas, el dogmatismo es la doctrina en permanente posición defensiva).

Bajo estas condiciones, qué significado tiene la publicación del pensamiento anarquista. Veamos: el texto de Malatesta está constituido por dos folletos. El primero (La anarquía) es acaso su obra más importante. Sólo había sido publicada en español en la selección de I. Louis Horowitz (Los anarquistas) de Alianza Editorial. A ella se agrega otro folleto denominado el método del anarquismo.

Malatesta es uno de los personajes más conspicuos del movimiento anarquista internacional. Fue un hombre que realizó una actividad militante en varios países europeos: Bélgica, España, Italia, y que fue encarcelado por su participación en insurrecciones obreras en Inglaterra, Francia y Suiza, estuvo exiliado en Argentina y los Estados Unidos. Aunque siempre se desempeñó laboralmente como trabajador asalariado (en Londres vendía helados según Kropotkin), Malatesta se dio tiempo para escribir algunos folletos magistrales en el poco tiempo que le dejaban su trabajo y su actividad en el movimiento obrero. En estos escritos se deja ver un alejamiento absoluto de la retórica política y de las complicaciones gratuitas del lenguaje y el pensamiento (que al final de cuentas son exactamente las mismas en uno y otro caso).

Malatesta comienza por hacer una discusión en torno al significado de la palabra anarquía, palabra mil veces tergiversada, prohibida y mal empleada. Malatesta comprende claramente que se trata de un prejuicio y no de una confusión filológico. Las raíces de tal equivocación se deben al significado primero (denotación) de la palabra, que se ha constituido en una connotación que choca con el sentido común de las clases populares. Para estos grupos sociales, nos dice Malatesta, es difícil concebir una sociedad sin gobierno porque se han adaptado durante siglos a vivir en condiciones de subordinación y de alienación.

Para aclarar la cuestión, Malatesta define y da contenido a su concepto de Estado (que en estos tiempos de retórica gramsciana es verdaderamente saludable) en que abarca al conjunto de instituciones políticas, legislativas, jurídicas, militares, financieras, etc., que arrebatan al pueblo la gerencia de sus propios asuntos, concentrando así el poder social de todos.

El gobierno, entonces, es el "representante abstracto" de los intereses generales (está constituido así, sobre lo que los positivistas, Comte singularmente, concebían como "consenso"), y los gobernantes son "aquellos que tienen la facultad, en mayor o menor grado, de valerse de la fuerza social de todos para obligar a los demás a hacer lo que a ellos les plazca". La misión del gobierno sería, según Malatesta, la de oprimir a una parte de la sociedad (la masa) y la de defender a otra (los explotadores). Malatesta explica aquí que el gobierno tiene también que cumplir con funciones que aparentemente son justas y necesarias (y en verdad lo son dentro del estado de cosas), pero que únicamente sirven para ensanchar y perpetuar sus privilegios. Malatesta ve claramente que el gobierno, al aumentar sus funciones, lo único que hace es reducir la participación y la autogestión de los individuos. Esta es una tendencia predominante en todas las sociedades industriales avanzadas, como ha sido denunciado desde hace ya varias décadas por la teoría crítica de la sociedad. Malatesta también logra entrever las fricciones que se dan entre el Estado y los grupos hegemónicos, que actualmente se expresan en la polémica entre la "intervención estatal" y la "libre empresa".

Pero lo verdaderamente importante en esta concepción del gobierno que tiene Malatesta, es que él señala que la necesidad del gobierno está basada en la argumentación de que los intereses de los hombres son contrarios entre sí, porque la esencia del hombre está definida por el egoísmo y la competencia. A esta noción Malatesta opone la "ley de la solidaridad".

 Según Malatesta existen sólo dos alternativas para los seres vivos de asegurar su existencia: la lucha individual o la cooperación. En los hombres se ha desarrollado, nos dice, el "instinto social", que en su origen fue una asociación por la mera conveniencia material, pero que con el transcurso de los siglos y merced a la "transformación hereditaria", se ha convertido en simpatía, amor, amistad, que son los elementos definitorios de lo humano, y su ventaja sobre el resto de las especies animales. La solidaridad es entonces para Malatesta, "la meta hacia la cual camina la evolución humana", y es la única posibilidad de realización de la libertad. La solidaridad la entiende como la fusión del egoísmo y el altruismo en un solo sentimiento, el momento en que "se confunden en uno el interés individual y el interés social". Esta condición que en la sociedad actual se ha realizado de una manera represiva y alienante (ver Marcuse), es la condición hacia la que tiende espontáneamente la humanidad, pero que ha sido desviada por la civilización basada en el dominio de unas clases sobre otras. La solidaridad, por otro lado, afirma Malatesta, es lo que ha permitido a los oprimidos resistir en condiciones de extrema explotación (algunos estudios antropológicos confirman esta aseveración). La situación actual de la sociedad con su totalización y universalización, es la que se presenta como más próxima al surgimiento de la solidaridad, porque, nos dice Malatesta, ha establecido una interdependencia y cooperación (forzada) entre todos los habitantes del planeta. 

Observamos que la argumentación de Malatesta está basada en una línea materialista y que opone al instinto de la lucha (Darwin) otro instinto, o sea el instinto social. Aunque nos parece que la solidaridad es un elemento intrínseco de la condición humana, no deberíamos identificarlo sin más como un instinto, sino como un sentimiento capaz de surgir bajo determinadas condiciones sociohistóricas. Malatesta se ocupa después en demostrar la superfluidad del gobierno, demostración que se desprende de esta concepción de la condición humana. Aunque en una forma evolucionista y materialista el discurso de Malatesta es de una agudeza excepcional para criticar la sociedad actual, y es una de las obras más bellas que sobre el hombre se han escrito. El hecho de que parezcan utópicas sus proposiciones y románticas sus concepciones, es sólo una prueba de lo arraigado que está en nosotos la noción de política expresada como sentido común y remachada día a día por la realidad (ideológica y material) social. Es precisamente su idea de lo humano lo que da gran fuerza al pensamiento anarquista, más allá de su papel real en los movimientos sociales actuales. Y es por eso que la discusión del concepto anarquista del hombre y la civilización tiene una significación muy importante en estos tiempos de auge de autoritarismo y burocracia. Las universidades en este país pueden avanzar en esta discusión si dejan atrás los sectarismos y si se siguen moviendo en el camino de la liberalización del pensamiento.

PABLO ARTURO ALVAREZ CRESPO.