CARLOS ILLESCAS
Muy estimado amigo:
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Amenísimo resulta siempre escuchar a Arrigo Coen Anitúa, así
diserte sobre asuntos caros a su profesión, la filología, como
sobre otros, en los que el gusto por la música, culta y popular,
exigen buena memoria y mejor disposición para reproducirla aunque
haya de recurriese para dicho efecto al tarareo.
No solamente en la filología y la música es fuerte este hombre de tantos merecimientos; hay otros campos en los cuales sabe dejar los gérmenes del placer, el cultivamiento y la difusión. Estos campos son las artes plásticas, la buena mesa incluidos, se entiende, los vinos, la filatelia, y qué sabemos cuántas cosas más entre las que valen mucho las palabras de cortesía que dirige a la damas, sobre todo si no esconden la belleza. Muchas serían las palabras elogiosas necesarias al fin; ¿cuál?, laudar a este hombre que con su sabiduría ha llenado varias décadas de la vida cultural del país, todas ellas sin estridencias, y con buena ventaja para la cortesía por la humildad que le permite preguntar por lo que desconoce y que tal vez hasta podría no saberlo. Como muchas serían las palabras necesarias a dicho fin, dejamos aquí momentáneamente el fluir de adjetivos celebratorios y vamos al asunto que nos ocupa por el momento. Este asunto halla lugar en las palabras del maestro Coen en relación con la carta que en estas mismas páginas hicimos publicar en el número retro-próximo pasado de nuestra Revista. Palabras inquietantes sobre todo por venir de quien vienen. A pregunta formulada por mí al maestro Coen, pidiendo su parecer sobre el contenido y forma de la citada carta, su respuesta fue.- "No entendí nada." Escuchar la respuesta y sentir el baño de la desolación todo fue uno. Muchas personas parecidas a mí habrían inquirido merced a repreguntar cómo y en qué momento fallaron los instrumentos expresivos de la comunicación para que la carta se frustrara en su intencionalidad de ser comprendida por personas reputadas, v.g. Arrigo Coen Anitúa, como por otras no tanto. En lugar de repreguntar más bien fui directamente a un tratadillo de retórica, animado,por el deseo de averiguar qué es una carta en realidad. En este afán me miraba movido por saber en qué medidas la ciencia de la lógica debe imperar en las líneas de una carta para que, en su correr y en su terminar, deje tanto en el ánimo como en el intelecto el producto de la comprensión. Desde luego ya había achacado la falta de luz en mis líneas a la intromisión del barroquismo, que, como sabemos, suele atender con desmesura la forma mas no así el concepto, que deviene por dicho motivo agobio y sofocación debido a las palabras que debe llevar encima. Ajá, me decía, éste es el caso siempre renovado del barroquismo frente a lo clásico; es decir, la parafernalia verbalizante en generación de simetrías, hipérbatos y polisemias mientras que, la clasicitud, no pide sino líneas rectas, acaso moderadas curvas y una vigilancia constante para no perder de vista la naturaleza de las cosas, con las que no hace literatura sino más bien describe en sus proporciones, pesos y medidas. Consultado que hube el tratadillo quizás con el ánimo secreto de justificar mi falta de claridad, topé con las siguientes lecciones, que me atrevo a copiar, querido lector amigo, en sus partes esenciales. 1. (Carta) Papel escrito, doblado y ordinariamente encerrado en un sobre con goma, oblea o lacre, que se envía de una parte a otra para comunicarse y tratarse unas personas con otras estando ausentes. 2. Conversaciones por escrito entre personas ausentes. "A la carta se la llama letras, nombre ya anticuado, y epístola, cuando está escrita en verso o revestida de galas poéticas. "Las cartas, por los fines y materias de su contenido, se dividen: de enhorabuena, de pésame, petitorias, suasorias, disuasorias, de recomendación, de oficio, de amor, noticieras, de felicitación, de ofrecimiento... "También hay cartas científicas, literarias, morales, políticas, religiosas, artísticas, descriptivas." A la vista del enlistamiento establecí los contejos necesarios y sin más supe que mis cartas no son de enhorabuena así celebren con frecuencia hechos y personas relevantes; tampoco son de pésame porque en general más bien recuentan más hechos vitales que mortuorios. ¿Entonces, petitorias? No lo son. Las de don Luis de Góngora sí en gran medida- como se complace en subrayarlo Juan José Arreola en una de sus prosas de Varia invención. ¿Suasorias?, un poco porque tratan de influir el ánimo del lector acerca de ésta y aquella materia. Y coinciden también en ser disuasorias sobre todo cuando combaten ciertas deformaciones del gusto en materia cinematográfica, como lo dejamos escrito en carta particularmente dirigida a quienes aplauden las películas norteamericanas destinadas a exaltar los "beneficios" de la guerra y la tarea civilizadora de los "marines". Nuestras cartas no son de recomendación, tal como el título lo sugiere, habida cuenta que no sometemos los merecimientos de servicio de un personaje menor ante otro superior. No tienen nada que ver con los oficios escritos, usuales en el mundo burocrático. ¿Son cartas de amor, por ventura? En efecto, el amor tiene mucha parte en el correr de los renglones; amor traducido al más cálido afecto por los lectores, a simpatía hacia todo cuanto exalta la tarea humana, a pasión a partir del instante en que se presenta la Libertad corno ternática siempre encarecida, siempre plausible. La definición, sin embargo, no cuadra en su tiquismiquis particular, porque nuestras cartas renuncian al intimismo entre dos personas que confrontan afinidades y diferencias en el punto en el cual sentidos y mente procuran el heroísmo de vivir bajo el signo siempre cambiante, casi siempre contrario de la felicidad. Noticieras sí lo son, pero no es éste aparte clasificativo el más adecuado; ello debido a que toda carta por su naturaleza comunicativa es noticiera o noticiosa, así que calificar las nuestras como noticieras sería propiciar la torpeza del pleonasmo. Sí son también de felicitación, pero con la mesura de solamente recurrir a los parabienes en casos contados o en forma de entrevero con censuras tanto a esto como aquello, a la manera unamuncana que nunca terminaba de contentarse con esto pero nunca, asimismo, termninaba de enfadarse con lo de más allá. De ofrecimiento, viene a ser tanto como suasorias. Pero para el caso el autor del tratadillo se refiere a cartas franca y descaradamente comerciales. Aquí no ofrecemos nada, a no ser ambas manos movidas por la mejor amistad. En fin, estas cartas no son ni científicas, ni literarias, ni morales, ni políticas, ni religiosas, ni artísticas ni descriptivas. El hecho de que coincidan mestizamente con uno, dos, tres y más géneros la aparta de la intención de hallarles género prohijador. Y he aquí el quid del asunto; porque se impone hallarles un lugar en la clasificación genérica a fin de ver, entonces, en qué momento son o dejan de ser claras en sus propósitos al grado de imposibilitar su comprensión de uno o todos. Y hasta del propio autor, quizás. ¿Qué caminos del análisis seguir para alcanzar tal meta? asunto resulta espinoso porque la capacidad de discrimen no tanto. Si se le estira es posible que se rompa y no ' en donde es requerido para que responda a cuanto se le pide ¿En cuál casilla poner estas cartas a fin de hallarles género, y vez ocurrido esto saber por qué dejan de ser comprensibles personas de intelecto superior? Atenernos a la sola eficacia del análisis por sí y en sí mismo, permitiría elaborar un método, el cual no envidiaría Descartes, quien lo hallaría ocioso debido a que la duda implícita en toda pregunta no recala en una nada matemática. Esto es deplorable debido a que la incógnita a ser resuelta sólo se refiere al género y no a la especie. La especie se encuentra manifiesta en la forma misma de la carta, por lo mismo ya no constituye incógnita alguna por la cual preguntar. Es decir, no hay nada que interrogue por la nada, y esto demerita la sistematización del conocimiento que es propio del interrogar cartesiano. Querido lector, en vista de que no es nuestro propósito llegar, burla burlando a la lógica matemática debido a la imposición de senderos que obligatoriamente llevarían a reglamentaciones para la dirección del espíritu, cuyo asiento es situar un primer principio como incógnita de incógnitas, renunciamos de inmediato a todo cuanto atentaría a no elegir el humanismo sobre la técnica a que conduce someter cosas, cuestiones, asuntos, la vida misma, al fantasma de las matemáticas sin más soporte que su propio vacío. En tal virtud, y en lo que se sigue, atenderemos más a los dictados del sentimiento, sin que ello excluya la razón, pero ésta a título de convidado a un simposio en el que si tiene voz no tiene voto, y si tiene voto no tiene voz, lo cual no ocurrirá con el senti- miento que sí contará con los beneficios de ambos extremos. Cosas del romanticismo aún latente, amigos lectores nuestros. Y para empezar, reproducimos unos versos de Santos de Carrión, autor citado por Pedro Salinas (El defensor, Alianza Editorial), quien cantó la fuerza de lo escrito en una carta de preciosa gracia: Que la saeta lanza E la saeta hiere La saeta no llega Y copiado lo anterior a título de entrada gastronómica, copiamos el plato fuerte a cargo de Lope de Vega, excelente epistológrafo en verso, y fecundísimo -hasta lo desvergonzado-- en prosa, como lo reconoce Salinas. Lope aserta a decir del tema que nos ocupa ... La cartas ya sabeis que son centones, Así, en vista de cuanto dice Lope (y por ser de él, dos veces bueno), ya no busquemos más a fin de saber cuál género corresponde a nuestras cartas, porque son justamente eso, centones y capítulos de muchos muchísimos, asuntos diferentes, en los que, resulta evidente, las razones, productos del entendimiento, no hallan asilo. Veamos, pues, cómo la razón de la sin razón predicada por Lope de Vega se impone con fuerza aplastanteniente suasoria y por lo mismo una carta no puede, no debe ser entendida, mas sí sentida. Por lo menos esto es cuanto se deriva de la lección de Lopc de Vega. Sin embargo, lector amigo, no hay triunfo, porque si las cosas corrieran tan fácilmente, entonces el monstruo Cicerón quedaría reducido a romántico de tres por cuarto, exceso que ni tú ni yo, lector, podríamos tolerar. Imagina tú a Cicerán reducido a un Gaspar Núñez de Arce cualquiera. No, eso nunca. Tú que has recorrido literatura y pensamiento latinos en lo que toca a Cicerán, viéndolo en cuanto hombre y en cuanto redactor de cartas; asimismo sus calidades de orador, y ya puesto en ello has indagado los principios teóricos de la elocución propia de este señor. Además, en la práctica, has situado los dones del orador, y no contento con ello has fatigado los tratados de retórica, tan vistos y vueltos a ver por tanta gente de hoy. ¿Y qué de los tratados filosóficos' y los elementos del arte en los diálogos ciceroneanos? También los poemas te han merecido particular dedicación al tiempo que espesas entre tus dedos habituados a escandir el oro, el humanismo de este hombre propiedad particular de la fama. Querido lector, si has tenido ocasión o la tuvieras de charlar con el maestro Rubén Bonifaz Nuño, éste te diría que Cicerón es la vida misma, que la cantidad de trabajo que realizó como ahogado, político, escritor, es casi inconcebible; y que lo hizo casi en todo instante con entera alegría. El excelente poeta cordobés al habla), añadiría que Cicerón hallaba en su sensibilidad y inteligencia recursos que se renovaban sin cesar. Y ya en "te truje chana", es decir en el asunto de la ( Bonifaz expresaría que ésta es la mejor vía para juzgarlo, al tras su consulado. De su correspondencia se ha conservado mitad aproximadamente; son cartas dirigidas a Atico, su íntimo, al que no oculta nada y escribe con vivacidad y llena de gracia, como si le hablara; corren nada menos que libros de cartas escritas "a sus parientes y amigos" (Ad , que contienen 'un número bastante elevado de respuestas de sus corresponsales; cartas hay para su hermano Quinto, a quien aconseja con toda la autoridad de un hermano mayor. Las cartas a Bruto, dirá Bonifaz, cuya autencidad ha sido puesta en duda, contienen mucha miga humanista. Su naturaleza y variedad hacen de esta correspondencia una rara obra de arte de la literatura universal; su interés histórico, un documento de primera importancia para un periodo decisivo. Y puestos como lo estamos en que Lope acierta a medias al validar el irracionalismo como miriñaque responsable de la corrección del atuendo epistolográfico, citamos ahora a Plinio el joven, tan celebrado por su correspondencia con el emperador Trajano, su jefe máximo, cuando él fue gobernador de Bitinia. Y más celebrado aún por las misivas escritas a todo el mundo y ninguno, porque, en realidad, no las redactó a su amigos, al menos en la forma que presentan en la colección que de ellas se ha formado- destinadas a la publicación, cada una trata sólo de un tema, de interés general incluso cuando el punto de partida es personal; no están fechadas y no piden respuesta. Y cómo no va ser grande este epistológrafo, sí quiso pintarnos, lo cual logró, en forma animada y varia, la sociedad en que vivía como habían hecho Catulo, Horacio, los elegíacaos augusteos, Estacio y -aun- Marcial (y él se inspira, diversamente, en todos ellos), pero en prosa y sin insistir en los rasgos satíricos o pasio- nales. El conjunto de cartas traza un ambiente simpático, pero sin gran fuerza intelectual. El estilo une a una afectada simplicidad y una elegancia real muchos rasgos de ingenio que llegan a la anipulosidad, por lo menos es lo que se le reconoce en balance final por ceñidos estudiosos de sus cartas. Y vaya de ejemplo: "Vamos! ¿Te invitan a comer, das tu palabra y acudes? Alto-. me lo pagarás hasta el último as; y va para largo. Cada uno tenía una lechuga, tres caracoles, dos huevos; cerveza, vino con miel y nieve (y la nieve también se contará, e incluso por encima de todo, pues se funde desde que se sirve); aceitunas, remolachas, calabazas, cebollas, y otros mil manjares tan distinguidos..." Pero "Dejemos a los troyanos, / Que sus males no los vimos, / ni sus glorias; / Dejemos a los romanos, / Aunque oímos y leímos / Sus historias. . . " Así que "Vengamos a lo de ayer, / Que también es olvidado / Como aquello." Y lo de ayer, es para gusto de muchos, tal vez los más sesudos, ceñidos al mundo de la verdad clásica, don Francisco de Cascales, autor de Cartas filológicas, que son para Angel Valbuena Prat, recientemente fallecido " ... una mezcla de ingenuidad y erudición hasta lo indigesto, aunque generalmente llenas de buen sentido, y tocando (gerundio sospechoso) mul- titud de asuntos que las hacen interesantes. "Les falta casi en absoluto el don de la ironía, y así asuntos como la defensa de los capones o la censura de los hombres bermejos de pelo, se atiborran de citas, que dan un tono solemne a lo que debía ser una simple broma. Hace Cascales el efecto del sabio que no sabe sonreír. Con todo, su templado juicio, como al defender las representaciones teatrales, con muy buen criterio, le hacen simpático, y nos ofrecen un cierto perfil humano del serio humanista. "El conocimiento de los clásicos y sus varios conocimientos hacen loables sus Cartas en estos puntos. En cambio su criterio estético, aunque comprensivo respecto al teatro de Lope, se asusta de las innovaciones de Góngora y no se da cuenta de lo que éstas suponían de renovación en las letras españolas. Por otra parte su erudición histórica, ya revelada en esta obra como en las de temas de crónica, fue grande y estudiosa, aunque, como muchos de su época, se creyó la falsificación de los seudocronicones. . . " Esto deja dicho don Angel y cosa será averiguar dónde acierta y dónde yerra. Nosotros, por el momento, querido lector amigo, no damos con el paradero del tomito que poseemos (Clásicos Castellanos, Espasa Calpe), con las Cartas filológicas de F. Cascales. Esperamos hallarlo pronto para matar tamaña curiosidad vindicatorio ya con signo negativo ya con signo positivo. A título de respiro en este ajetreo de citar y citar, enumeramos autores cuyas cartas han quedado como ejemplo de claridad, concepto y comprensión, cada una en su materia según los dictados de sus redactores. Recordamos a San jerónimo, San Agustín, Santa Teresa de Jesús, Fernando del Pulgar, San Ignacio de Loyola, el Beato Juan de Avila, Antonio Pérez, Quevedo, el P. Isla, y pare usted de contar. La lista es infinita en las lenguas sabias como en el español y otras. Desde luego no se nos escapa don José Cadalso, autor de Cartas marruecas, todavía a la fecha celebradas con treinta y tantos sistros. Las de don Juan Valera enviadas a un diario argentino, sin duda La nación, las de Darío, amorosamente recogidas por Ernesto Mejía Sánchez, las de... y van y vienen nombres y más nombres, entre ellos el de Francisco Alvarado (1756/1814), quien a los diecisiete años tomó el hábito de los dominicos, en Sevilla. Siendo lector de Artes compuso las Cartas Aristotélicas. Cuando murió era Consejero de la Suprema Inquisición. Si tú lector que al parecer nos tienes afecto, toda vez que muestras tu paciencia siguiendo estos renglones, tal vez demasiado enredados hasta aquí, te rogamos hacer un esfuerzo y leer (lo harás de una sentada, lo seguro), del citado clérigo sus Cartas del filósofo rancio, la número XXIII, titulada "Comienza la impugnación del Diccionario crítico burlesco. (Agosto 27 de 1812)", te aseguramos que no tiene pierde. La misma recomendación te hacemos en lo tocante al Epistolario de Leandro Fernández de Moratín, viejo conocido tuyo y nuestro. Sus cartas son buen espejo del tiempo revuelto que le tocó vivir, bien lo sabes, Las misivas a Sebastián Loche y luan Antonio Melón, retratan de cuerpo entero a este hombre cuya falta de entereza lo mató mil veces antes del día que falleció lejos de Madrid, en París, un 21 de junio de 1828. He aquí un torito para ti; lee, medita y responde, ¿de quién es este texto que copiamos fragmentariamente para tu regalo?: "Por despótico y absoluta que la autoridad suprema sea, mientras que en su ejercicio se conforma con el interés general es obedecida con gusto, y al mismo tiempo respetada. No así cuando manda torciéndose hacia el interés personal o al interés de partido; porque entonces, si es fuerte se le aborrece y se le detesta, y si débil ni se lo respeta ni se la obedece ( ... ) ¡Aún si él con sus talentos y con sus aciertos se hubiera hecho perdonar el escándalo de su elevación! Pero el triste resultado de los grandes negocios que pasaron por sus manos ha dejado grabada en caracteres indelebles su ominosa ineptitud. . . " En caso de que no aciertes nosotros despejarnos el camino de una buena vez por todas diciéndote que es nada menos, y claro, ¿quién otro?, Manuel Quintana. Se trata de la carta primera A lord Holland, datada en 20 de noviembre de 1823. Admirable resulta, sin lugar a duda, la carta publicada por José María Blanco en El Español, revista mensual editada en Londres por el susodicho. Aparece en septiembre de 1810, probablemente. Su mayor interés centra la atención en la defensa bizarra de los llamados movimientos de Caracas, precursores de las guerras de independencia. La claridad y penetración contenida en esta carta mucho honran las calidades liberales de su autor, cuya existencia resultó muy contradictoria para quien haya de conocerla. Y vaya si podría ser de otra manera. Siendo canónigo magistral de la Catedral de Sevilla perdió la fe. Andado el tiempo, en Inglaterra fue profesor en Oxford y canónigo de la catedral protestante de San Pablo, después de haber alardeado de impío. Y poco después convirtióse en unitarjo. Quizás, un buen día, se recojan los artículos y cartas de este singular personaje, destinados a la defensa de los movimientos independentistas americanos. Y para cerrar esto que lleva trazas de convertirse en centón sin ton ni son, sólo deseamos invitarte a reír "a capa y espada" merced a la lectura de las Cartas del doctor den Sebastián de Mifiano y Bedoya, publicadas en el año 1820, bajo el título de Lamentos políticos de un pobrecito holgazán que estaba acostumbrado a vivir a casta ajena. En ellas se ataca de frente a la burocracia, la destemplanza administrativa, la falta de vergüenza en cambiar el rumbo de los intereses mayoritarios en provecho y beneficio común de los pocos. En fin, resulta tan actual, tan cercano que hasta podía tocárseles con el dedo. Pregunta por ellos a tu librero favorito y una vez adquiridas destina todos tus ocios a leerlas. Reír a estas alturas del tiempo equivale a emparentar con Erasmo cuya mayor luz provino de su conceptuación de locura en un mundo que se caía de solemne. Ríe, ríe y el mundo será tuyo. En otra ocasión citaremos otros autores y cartas que han dejado huella en el ánimo humano. Esto no excluye que al final de tanto ir y venir hayamos dejado sin responder cuál género epistolar proteje estas cartas, las mismas que publica nuestra Revista de la Educación Superior. A vuelta de tanta balumba hemos concluido por prescribirnos permanecer al margen de clasificaciones, catalogaciones, filiaciones y otras suertes del encasillamiento. Con clasificación o sin ella, nuestras cartas derrapan de las molduras clásicas, se atienen al irracionalismo, a formas nada secretas de la docta ignorancia, y por lo mismo sus hogueras son sobre todo llamas alimentadas por el barroquismo. Dicho lo cual no acude la congoja sino cierto orgullo, porque justamente los escritores más celebrados del momento que viven nuestras letras propician la aventura de un lenguaje, quizás nuevo, que no es el neoclásico ni otro parecido, sino a trueque de ello, estimulan cierto claro confusionismo lingüístico reconocido como magia maravillosa, tal vez realidad mágica, que consiste entre mil una aventura verbal en nombrar aquí y allá todo cuanto aparece a la vista en un mundo que siempre se está reproduciendo; bien parecería acto paratogénico y por lo tanto destinado a no tener fin. Así, ¿cómo es posible comportarse clásico si los objetos recién nacidos por su propia natura son nuevos y por lo mismo no tienen palabra propia aún que los designe? Y viendo las cosas en otros ángulos, los vericuetos transitados no han sido ociosos porque nos han dado ocasión de remontar ríos de la historia hasta topar con Cicerón, Plinio el joven y otros padres tutelares de nuestro escribir y hablar. Nos cuidamos de ni siquiera rozar a ingleses, franceses, italianos y portugueses, que tienen para dar y exportar epistológrafos que es felicidad reconocerlo. Mas si ustedes lo permiten, en otra ocasión podríamos emparentar estos escarceos como autores de las calidades de Pierre Choderlos de Laclos, la Sevigné, Montesquiu, Mariana Alcoforado, el Aretino, Pope, Addison, Swift, Sterne, Rousseau, Foscolo, Eca de Queiroz, y otros muchos que han penetrado el alma humana de cada cosa mediante el ejercicio epistolar. Por lo demás, habrán notado ustedes que en esta ocasión no hemos tocado temas obvios, como ocurrió en nuestra carta próximo pasada, en relación con el ejercicio de la violencia, la intolerancia, la corrupción, y los crímenes contra la libertad de expresión. Hoy, todo se nos fue hacia un monstruoso juego de cartas del cual esperamos que todos hayamos salido gananciosos. Al no ser así, entonces reciban ustedes, fieles amigos, las rendidas disculpas de quien tanto los quiere y aprecia. Su afectísimo servidor de siempre.
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