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INTRODUCCIÓN Contenido
Este comentario no tiene más mérito -si es que tiene alguno- que el de la insistencia, ya que no
el de la novedad; hemos hablado y oído tanto de América Latina y lo que a ella se refiere, que a
querer o no se cae en la repetición; hemos teorizado, pontificado, yo diría que hemos dogmatizado
vocablos y conceptos, y mucho me temo que se nos van a morir en las manos de puro manosearlos. ¡Que así
no sea!
Pretendo aquí hacer una breve reflexión sobre el papel del intelectual, pero no del intelectual así,
a secas, sino del intelectual latinoamericano. Esto no sólo añade un calificativo al término
que permite aclarar su procedencia histórico-geográfica, sino que debe hacer posible el percibir
una dimensión que dote de especificidad, un marco que confiera identidad, una serie de elementos que den
esencialidad, es decir, todo lo necesario y suficiente para ser reconocido, identificado, entendido y... aceptado
como latinoamericano.
Quiero aclarar que por lo menos para el objeto de estas líneas, la dimensión "latinoamericano"
no tiene que ver con que las tareas de éste se hagan más o menos brillantes, más o menos distinguidas
y eminentes, más o menos sofisticadas para que sean más o menos benévolamente aprobadas por
otros países; tampoco tiene nada que ver con la exacerbación de perfiles permanentes de derrota,
de denuncia, de protesta y desesperación (por otro lado explicables y legítimos); quien escribe piensa
en esa dimensión latinoamericana como algo bastante más simple y común, pero hasta hoy no
logrado.
Partamos de algunas preguntas que presumo básicas:
¿Quién es el intelectual? ¿A quién se llama intelectual? ¿Qué hace hoy
o qué ha hecho hasta hoy el intelectual? ¿Qué debe hacer?
Si nos atenemos a la definición gramatical (esas definiciones "diccionarescas" que a veces ya
no tienen nada que ver con la realidad actual), un intelectual es el quecultiva las ciencias, las letras y las
artes; se dice también del hombre sabio, docto o erudito. La verdad es que la definición es vaga,
recortada, además de que su aplicación queda muy al azar. Stricto senso, intelectual es el que trabaja
con el intelecto, el que en forma permanente, cotidiana, pone en ejercicio las capacidades de una inteligenciacultivada.
A decir verdad, a la palabra intelectual le pasa lo que a otras varias que cada quien entiende de diferente modo
y que acaban ciertamente desprestigiadas; por ejemplo, liberal, progreso, atraso, términos y conceptos que
han sido usados a mansalva en diferentes momentos de la historia y que tienen un significado- como ya dije- aleatorio,
que depende de quien lo dice, desde donde lo dice, y hasta del tono en que lo dice; por supuesto que esto no sólo
desprestigia sino prostituye cualquiera expresión; me arriesgo a incidir en el asunto, y, so pretexto de
aclararlo, insisto en que intelectual es el que trabaja fundamentalmente con el intelecto; el espectro que tal
enunciado abarca es, en verdad, amplísimo.
Entran en el cuadro artistas exponentes de las bellas artes pintores, escultores, escritores, etc., éstos
han sido hasta ahora los más famosos y han llegado a ser los más ricos.
De ellos muchos radican fuera de sus países de origen (por el exilio o porque les es más satisfactorio
económicamente). Entre estos intelectuales famosos y ricos los hay revolucionarios "muy conservadores",
y otros ciertamente innovadores; muchos de ellos exiliados por gobiernos oligárquicos, se transforman en
gente de tanto éxito que se desdoblan entre un revolucionarismo de fama, de fachada, de conveniente "vedetismo",
y una vida acomodada totalmente en el más indiferente aburguesamiento que muchas veces los desprende de
su realidad nacional.
Claro que estos hombres consagrados por todas las trompetas de la gloria (y del dinero) enaltecen a la patria,
pero evidentemente no son las excepcionales glorias del intelecto las que van a llevar a este nuestro continente
a su verdadero sitio en la historia. Esta tarea está destinada a todos los sujetos productivos y muy particularmente
al grupo intelectual.
Creo que el intelectual por antonomasia es el universitario o, para ser más justos, el que lleva sus estudios
hasta los grados más elevados; catedrático, investigador o profesional de Las profesiones llamadas
liberales. De estos últimos salen casi todos os funcionarios que el estado necesita. La especialización
dominante entre esos funcionarios marca las (neas y los compromisos que preocupan al Estado en diferentes épocas.
A veces la alta burocracia está encabezada por técnicos ingenieros, diseñadores industriales
y gráficos, etc.; otras por científicos médicos, biólogos, químicos; muchas
más por administradores contadores, actuarios, directores de empresas; muy en boga hoy, por científicos
sociales economistas, sociólogos, licenciados en derecho, etc.
Y unos y otros profesionales- demostrando que sus profesiones no tienen por qué llamarse más liberales-
acceden a "poderes" y "podercitos" y pierden así la libertad que estimule su iniciativa;
cuando llegan a las líneas de la administración pública empiezan a trabajar a partir del olvido
absoluto (¿o será del disimulo?) de toda aquella realidad en la que han vivido hasta entonces; de
un día para otro olvidan todo lo que constituyó su propia existencia.
Se dan a la ardua tarea de hacer planes y ponen en práctica cosas nuevas, a veces hasta brillantes, pero
inadecuadas al terreno que pisan y que han pisado toda su vida. ¿No es curioso ver a un funcionario realizar
una "gira de trabajo" por el barrio o pueblo en que nació y vivió, dizque para percatarse
de las más urgentes necesidades que agobian a tal barrio o pueblo? Así es como se resquebrajan y
deshacen ciudades, regiones y hasta países enteros.
Por otra parte los catedráticos e investigadores se movilizan en un enorme y variado marco siempre condicionado
por la política nacional, regional o política universitaria.
El campo intelectual latinoamericano es vasto y desintegrado, con poca conciencia nacional y muchísima menos
conciencia continental.
El único lazo de identidad entre los intelectuales de nuestra parte continental es que constituyen una elite
por el número y muchas veces más que nada por la actitud, lo mismo si se trata de intelectuales bendecidos
por la fama, que por otros más modestos y anónimos.
El intelectual forma una aristocracia donde proliferan grandes y personales rencillas.
¿Qué hace el intelectual? LO SUYO, personalmente, o como célula política y económica;
pinta, escribe, hace administración pública, planifica, construye y destruye; según sus criterios
bendice o sataniza la educación, la vivienda, la salud; pinta lo que mejor se vende, enseña con una
buena dosis de egoísmo; si está tocado por la luz de lo genial escribe libros que serán laureados
y se convertirán en best sellers, o libros de texto para las áreas de su especialidad mediatizando
su intelecto a un encargo bien remunerado; hará y publicará sesudísimas, eruditas y muy costosas
investigaciones para unos cuantos sesudísimos, eruditos y pudientes (intelectual o económicamente)
elegidos.
Pero, repito, en todos los casos en América Latina, la actitud intelectual es de élites dispersas
con tareas o muy personales, o bien, "agrupaditas" en torno a consignas políticas o económicas,
por eso su labor, hasta ahora, no ha trascendido hasta donde era de esperarse.
Intelectuales de izquierda o de derecha hoy incorporan al pueblo a sus preocupaciones, pero siempre de un modo
que recuerda el despotismo ilustrado de los Borbones "por el pueblo y para el pueblo, pero sin el pueblo..."
Los de izquierda y los de derecha proponen medidas, unos son más radicales que otros, pero todos lo hacen
a partir de un ámbito social irreal, y en el mejor de los casos parcial, ya que lo hacen a partir de lo
personal, de lo SUYO, de su ínsula; pero todos han fracasado. Han fracasado las revoluciones, fracasan las
campañas, fracasan los proyectos. Y lo que es peor todavía, no hemos alcanzado el valor para rehusarnos
a seguir festejando los logros de lo que jamás hemos logrado ¿No será que se carece de esa
dimensión que nos haría más congruentes con nuestra realidad y por lo tanto que haría
más eficaz la acción de todo aquel que tiene la oportunidad de la preparación profesional
técnica, científica o humanista, y de poder ponerla en práctica?
¿No será que no hemos podido ser más específicamente nosotros?
¿No será que no podemos- o no queremos- identificarnos tal como somos?
Este autodesconocimiento nos estaciona en la desintegración y la dependencia de todo y de todos.
¿Qué tan posible es pasar al otro lado, al del propio conocimiento, la integración y la independencia?
Creo que en esta tarea tiene un papel primerísimo el conjunto de los que piensan y son capaces de trabajar
con el intelecto, es compromiso inexcusable de todos los latinoamericanos egresados de niveles decultura superior.
Y como dijimos antes, ellos son los que hasta ahora han tenido en sus manos la posibilidad de orquestar los cambios
que nos urgen, pero... no han podido o no han sabido hacerlo, no han sido preparados para ello. La especialización
mal entendida, la burocratización, la corrupción, el personalismo, la incultura general lo han impedido.
Hay que formar universitarios integrales, más que hombres titulados, hay que configurar hombres íntegros
e integrados en el conocimiento de su realidad nacional y continental. Aquí conviene repetir que no valen
ya las posturas casi infantiles de no ver más allá de lo que llamamos patria; si la conociéramos
y amáramos en serio sabríamos y entenderíamos que no somos islas fantásticas, ni lares
estancados, amurallados o solitariamente suspendidos en la atmósfera, sino que somos una porción
más, muy ligada a las otras que conforman nuestra singular parte continental.
El científico puro, el técnico, el administrador, el catedrático o el investigador de lo que
sea, el ingeniero, el físico o el contador, el filósofo, el sociólogo, todos deben saber,
más que eso deben sentir y vivir el hecho de que ellos son latinoamericanos, y de que tienen que aplicar
su profesión a esa realidad; quizá así se dejen de lado planes y otras cosas de un academicismo
tan puro que no sirve a nuestra realidad, planes con metodologías tan ortodoxas -y tan ortodoxamente extrañas-
que no permiten acercarse a la comprensión de esta América tan desconcertante, tan sui generis.
El verdadero intelectual latinoamericano, el que piense y trabaje a partir de tal verdad, debe estar preparado,
desde que aprende a leer, para enfrentarse consciente y responsablemente a la consecución de la integración
y de la solidaridad continental. Si es ingeniero, que construya de acuerdo a esa realidad, si es maestro, que enseñe
de acuerdo a esa realidad, si es químico que investigue y produzca igualmente a tono con ella; si es historiador
que historie sin engaños. Si no es así, si no conoce esa realidad geográfica y social, lo
que se haga será agresivo, lesionará el potencial humano latinoamericano, como ha sucedido hasta
ahora. Sin duda deberán usarse muchos y muy difíciles caminos para cambiar esto, pero uno de ellos
atañe directamente a la historia, a la enseñanza de la historia para mejor decir. Se ha repetido
tantas veces... que hasta ruboriza un poco insistir en que hay que asumir el origen sin lamentos para que ese origen
sirva de plataforma y apoyo para el futuro; la historia debe enseñarse para poder partir al cambio, a la
derecha o a la izquierda, a donde sea, pero resuelto por nosotros mismos.
El pasado es punto de apoyo, hay que metabolizarlo, no cargarlo como cadáver putrefacto; estudiamos y enseñamos
historia no como fundamento de un presente que debe ser creativo e innovador, sino como para ejercer continua venganza
de todos los agravios hechos a los antepasados.
Enseñamos y estudiamos historia no para evitar que se repita el agravio, sino para ver cómo agraviamos
nosotros y para gemir ante la impotencia de no poder conseguirlo.
Creo sinceramente que no hallaremos el camino adecuado mientras no entendamos ese trasfondo básico que es
el pasado y esta realidad presente.
No se debe permitir que salga un solo universitario en Latinoamérica que no tenga un conocimiento, al menos
elemental pero objetivo, de su condición de latinoamericano, y éste no lo va a obtener porque se
hagan reuniones internacionales para discutirlo o porque se editen 50 libros diarios sobre Latinoamérica,
esto lo va a obtener en el manejo temprano de la geografía y la historia latinoamericanas. Como apuntaba
antes, no vayamos a exclamar ¡primero México! Por supuesto que México -y por obvio no debía
siquiera pensarse- estará para nosotros siempre incluido y en primerísimo lugar, pero ¿una
cosa excluye la otra?
Necesitamos egresados universitarios con conciencia social y ésta se adquiere -entre otras cosas- simúltáneamente
a la conciencia histórica.
Construir un puente de concreto puede hacerse igual en Tokio, Estocolmo, en Río o en Washington, pero la
necesidad relativa o absoluta de construirlo, la forma de actuar con los trabajadores, la consideración
de los problemas ambientales, el servicio que puede dar o no dar, la no-agresión a los habitantes de la
región en cada caso debe ser diferente.
Recuerdo el caso de diseñadores industriales, en un país andino, que diseñaron arados mecánicos
pequeños, de madera, apropiados para usarse en cierta región montañosa con delgadas capas
de tierra sobre roca. ¿Estará de más aclarar que jamás se autorizó la fabricación
de tales arados, que se compraron pesados tractores que nunca pudieron usarse y que los habitantes de la región
siguieron igual de pobres, igual de improductivos e igual de agredidos que siempre?
Nosotros hacemos programas fronterizos y lo que se logra es muy poco, ¿de qué sirve que tales programas
estén firmados por expertos si el grupo humano al que van dirigidos no tiene la menor idea de su ubicación
y su identidad histórica? Y nuestra zona fronteriza está llena de distinguidos profesionales universitarios.
Si no se define y se transmite la clara conciencia de lo que somos, nos haremos pedazos tratando de ponernos el
uniforme que cada organismo internacional nos manda.
El intelectual debe comprometerse a no caer en la tentación de dogmatismos metodológicos y políticos,
sino a intentar la unificación (unificar no es uniformar) a partir de la libertad de conocer y aprehender
su realidad completa, como parte de un proceso histórico que tiene pasado, presente y futuro; así
se llegará a la conciencia social y política que no se alcanza sólo porque se diga en todos
los foros.
Debemos implantar en todos los niveles cursos integradores del hombre, para que el hombre a su vez actúe
como integrador de su continente, tarea que no puede quedarse en una élite de latinoamericanistas; éstos
deben investigar, escribir y difundir, pero primero deben estar seguros de que serán leídos y comprendidos;
por eso hay que partir desde abajo sin interrupciones con el conocimiento de la historia de América Latina,
desde los primeros años escolares y en todas las especialidades profesionales. Sí, hay que formar
latinoamericanistas, pero es más urgente formar latinoamericanos.
Si todavía no sabemos cuál es el perfil del estudiante que aspira a latinoamericanista, estamos ante
muy grave sintomatología .
La primera idoneidad para dedicarse a cursar Estudios Latinoamericanos -por su peso cae- es ser, consciente y por
lo tanto responsablemente, latinoamericanos.
En los 400 o más Centros de Estudios Latinoamericanos que hay en el mundo, se estudia nuestro continente
con base en la idoneidad de cada país en el que se encuentran los Centros, a partir del interés concreto
y de los objetivos que cuadran en esa idoneidad.
¿Cómo es que nosotros aún estamos haciendo perfiles teóricos para descubrir si realmente
hay un interés latinoamericanista en un latinoamericano?
Es lo mismo que si para saber si nos interesa México hubiéramos de esperar el resultado de discusiones
de escritorio traducidas en fórmulas teóricas.
El día que sepamos ser latinoamericanos, simplemente y sin esfuerzo, al paso de lo cotidiano, estaremos
convirtiendo a esta América en algo positivo y productivo, en el sitio que anhelamos para vivir dentro de
las pautas de la dignidad y de la justicia.
Esto no podemos sacarlo de nuestro feroz individualismo, de nuestro rencor personal, de nuestras escandalosas pérdidas
de tiempo en discusiones, además de bizantinas, falaces, demagógicas, retóricas y preñadas
de incomprensión.
La tarea por realizar es conocernos, entendernos y definirnos y nadie más obligado a esto que los que hemos
tenido a eso a lacultura superior.
Mientras los que piensan y se expresan realizándose en el ejercicio profesional sin sentido humanista y
sin proyección más allá del YO, aunque éste se encuentre muy bien disfrazado de preocupaciones
y desvelos generosamente nacionalistas, mientras la mayoría de nuestra gente no se haya enterado de que
América Latina ES, EXISTE y se DESGARRA, hemos de concluir que los intelectuales no están cumpliendo
con el papel que actualmente les corresponde; mientras éstos no adquieran y no transmitan la conciencia
de lo que somos y trabajen nada más para hacer currículum sin más, no están haciendo
lo que deben.
Formar latinoamericanos, ser latinoamericanos, actuar como latinoamericanos, pero todo esto como vivencia diaria,
como respirar, como diástole y sístole de corazón sano; mientras esto no sea, los que pretendemos
que trabajamos con el intelecto -dicho sea con todo respeto- ni estamos haciendo, ni hemos hecho nada.
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