ISRAEL CAVAZOS GARZA*

Palabras del Mtro. Israel Cavazos Garza durante la ceremonia de entrega de los Premios Nacionales de Ciencias y Artes 1995, el 15 de diciembre de 1995*

 

A distancia de 50 años de establecido el Premio Nacional las Ciencias y a las Artes, y de haber sido conferido el primero en 1945 a mi ilustre paisano don Alfonso Reyes, se otorga ahora por enésima vez.

Pero la premiación 1995 ya no es única como entonces, sino polifacética. En tecnología y diseño lo recibe el maestro Alfredo Sánchez Marroquín. En Bellas Artes, el destacado escultor Federico Silva, en cuya opinión "México dejará de ser país cuando deje de ser país de artistas". En filosofía, el doctor Ramón Xirau, de origen catalán, a quien preocupa "que el primer mundo es* dedicado al futuro y se olvide del presente"; y con quien tengo el privilegio de compartir la distinción. En lingüística (ganando por primera vez la partida a la literatura) mi admirado amigo madrileño Juan Miguel Lope Blanch, para quien "el lenguaje es el espíritu de los pueblos". En artes y tradiciones populares, a don Juan Jorge Wilmont, artífice de la cerámica mexicana. En ciencias físico matemáticas y natura les, el sabio argentino Manuel Cereijido, consagrado al estudio de las células epiteliales cultivadas cancerosas; el investigador Lourival Domingos Possani, el más joven de todos, dedicado a la investigación y al estudio sobre el veneno de los alacranes y el maestro Cinna Lomnitz, especialista en detectar los movimientos telúricos. Nosotros, lo recibimos en el campo de la historia.

Al acudir a esta cita, indudablemente la más trascendental de nuestra vida después de la del día del matrimonio, desde luego - surge esta interrogante: ¿Es dable a un investigador de la historia regional, alternar con verdaderos talentos en tan altas disciplinas? El jurado lo ha considerado así y confieso que bastante trabajo me ha costado concebirlo.

Con el galardón con que ahora se sublima mi modesta obra se está resarciendo la deuda que en nuestro mismo campo se tenía con Francisco R. Almada, de Sonora; Atanasio G. Saravia, de Durango; José Eleuterio González, de Nuevo León; Primo Feliciano Velázquez, de San Luis Potosí y con tantos otros investigadores de otras regiones de México. Pienso, también, que no es Só1O un premio póstumo para nuestros predecesores en la pesquisa histórica, pero que es asimismo un reconocimiento a quienes, siguiendo la huella de aquéllos, han dedicado y dedican su esfuerzo en las diversas entidades del país, a desentrañar episodios y personajes que nutran y enriquezcan la historia mexicana. Porque para mí eso ha significado la historia: una especie de búsqueda de la identidad nacional.

En el mosaico policromado y disímil del inmenso mapa de México, fue muy caro el tributo que se pagó a base de luchas intestinas y de desmembraciones y pérdidas del territorio a fin de lograr nuestra unidad. En la defensa de Tampico en 1829, contra el frustrado intento de reconquista de Barradas y, más bien en el sitio de Monterrey al experimentarse el injusto zarpazo extranjero, en 184ó, fue cuando por vez primera caló muy hondo el sentimiento de mexicanidad.

Pero la aspiración de unidad total pareciera no haber concluido en nuestros días y continúa provocando crisis no sólo económicas pero de diversa índole; aunque ya no, por fortuna, aparejadas con el fatídico espectro de la guerra. El estudio del pasado regional constituye, a nuestro juicio, uno de los antídotos más eficaces. Además de enseñamos a no tropezar dos veces con la misma piedra, sería lo que, por añadidura, nos uniera en torno a la primera autoridad del país en las etapas cruciales como es la que ahora vivimos.

Pero, hasta hace medio siglo, la mies era mucha y escasos los operarios en esta viva del Señor. La benemérita pero diletante labor de los historiógrafos de provincia en el XIX, se proyectó hasta gran parte del actual. La profesionalización del oficio habría, sin embargo, de llegar. Podría señalarse al maestro Silvio Zavala como uno de los primeros en adoptar, a nivel académico, en los inicios de los treinta, esta rara actividad, que continúa practicando aún, con admirable constancia.

La década de los cuarenta fue decisiva en este aspecto. La creación de la Casa de España, transformada luego en El Colegio de México, marca el principio de una era más bonancible. Como con lámpara de Aladino hubieron de ser detectados en México y en otras latitudes los escasos candidatos a seguir una especialización que ofrecía mucho pasado pero muy poco porvenir.

Fue allí donde abrevamos, en segunda generación, las sabias enseñanzas de Silvio Zavala, Manuel Toussaint, Agustín Millares Carlos, José Miranda, Concha Muedra, Francois Chevalier, José Gaos, etcétera. Fue de allí de donde surgió Luis González, indudablemente uno de los más notables historiadores de nuestros días, quien se ha constituído en abanderado y guía de quienes cultivamos la microhistoria, como él mismo la ha bautizado.

Fue por esos mismos años cuando Antonio Pompa y Pompa y un poco más tarde Wigberto Jiménez Moreno, ejercían su apostólica y entonces incomprendida labor de rescate de los archivos de provincia. Y fue también en esa misma década cuando empezaron a florecer las universidades de algunos estados. Se observó entonces en éstas el afán de adquirir en saludable competencia las más famosas bibliotecas particulares. En el caso de la Universidad y el Tecnológico en Nuevo León, yo le oí comentar a don Alfonso Reyes en tono festivo, por supuesto ¡Que bueno que Monterrey está dejando de ser apretadora de tornillos!

La década de los cincuenta fue todavía más propicia. Mediado ese decenio un grupo de soñadores provincianos, acaudillado por Rafael Montejano y Aguiñaga, de San Luis Potosí, creó la Asociación Mexicana de Bibliotecarios y la de Historiadores de Provincia. Surgieron en ese tiempo diversas cofradías de historiadores en varias ciudades y más tarde la de Cronistas de Ciudades Mexicanas y arrancó, en fin, el notable impulso dado en el país a los archivos, considerados hasta entonces como el patito feo de la administración pública.

Abusando de su amable atención, señor Presidente, señoras y señores, he considerado prudente hacer aquí estas remembranzas. La metamorfosis ha sido asombrosa. Los centros de enseñanza de la historia se ha multiplicado. El Colegio de Zamora, el Mexiquense, el de Jalisco y el de la Frontera Norte, han contribuido a obrar el prodigio. A la cantidad cada vez mayor, de estudios históricos sobre las regiones, en particular de las tesis de grado, se ha observado, una superación constante en cuanto a la calidad y al rigor científico. La Secretaría de Educación realizó una serie de monografías de los estados; el Fondo de Cultura Económica y El Colegio de México han emprendido otra a más alto nivel.

Esta relación sería interminable. Permítaseme, para concluir, dejar constancia de gratitud al gobierno nacional que de esta manera nos premia. A la Academia Mexicana de la Historia, institución que tuvo a bien postularme para tan alta distinción. A la memoria de mis padres, quienes no obstante su modestia pueblerina, comprendieron e impulsaron mi innata vocación. A Lilia, mi esposa, colaboradora incansable, mi primera lectora y mi primera crítica, quien con Lily y Gabriel, nuestros hijos, entendieron mi oficio y supieron sobrellevar con estoicismo, el exiguo ingreso familiar. A toda la gente de mi estado natal y en general del noreste; y de manera señalada a quienes, testimoniándome su afecto, han convenido desde el norte que en expresión atribuida a Vasconcelos "Donde empieza la carne asada comienza la barbarie". Como si cultura fuese únicamente admirar a Rembrandt o escuchar a Beehtoven.

Decir, finalmente, que este escenario me es absolutamente familiar. Al mirarlo ahora, como que el tiempo da un viraje retrospectivo de más de cuatro décadas, hasta nuestros días de estudiante. Luego de trasponer el gran patio central cruzábamos este Patio de Honor, casi a diario, para entrar a las salas donde entonces se hallaba el Archivo General de la Nación. Fue en ese recinto, ambientado en virreinal penumbra, donde abrevamos una de las materias esencia les, la paleografía, y donde, junto a nuestras mesas de prácticas, además de experimentar el contacto directo con seculares infolios, veíamos pasar la aristocrática presencia del recientemente desaparecido don Edmundo O'Gorman; la de Luis Chávez Orozco, la de José Bravo Ugarte, la de J. Ignacio Rubio Mañé y las de tantos otros que ahora, más que un tétrico desfile de sombras sería una edifican te procesión de luminarias.

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